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Fin de año tibetano en Dag Shang Kagyü

Ceremonia del humo blanco en Dag Shang Kagyü (Foto: Ángel Gayúbar)

En la última quincena del pasado mes de febrero, durante la fase creciente de la luna, el budismo tibetano ha celebrado la llegada del Año Nuevo.

En esos días, cientos de monasterios que se aferran a las laderas himaláyicas no sólo del Tíbet, sino también de Ladakh, Nepal, Sikkim y Buthan presentan su mejor aspecto: las stupas recién encaladas, repintados los artesonados multicolores y bruñidos los molinos de oración, relucientes sus budas dorados. Los monjes lucen sus mejores túnicas mostaza y carmesí el día de la fiesta del Losar, la ceremonia del humo blanco que propicia un buen año 2144.

Después aún quedarán tres semanas tranquilas de invierno hasta la llegada de la primavera y de las primeras oleadas de montañeros en su extraño ritual de subir o recorrer la gran cordillera.

 

En el monasterio de Dag Shan Kagyü el pasado lunes 27 de febrero también se celebró la gran fiesta del Año Nuevo. La estatua yacente del Buda durmiente nos recibió a la llegada. Tras la portalada, la avenida flanqueada de stupas  conducía hasta el templo cuadrangular y la gran stupa de 17 m. de altura, luego el resto de edificios dispersos (molino de oración, escuela lamaísta, casas de retiro…) incluido aparcamiento, tienda, albergue y camping.

Tras la fiesta, todo ha recuperado ya su silencio. Sólo el aleteo de las banderas o el tintineo de los molinillos de oración. La docena de lamas y sus novicios han empezado el año del Pájaro de Fuego Femenino; meditación y aprendizaje. Lo normal desde su fundación hace más de treinta años por Kyabdje Kalu Rinpoché. Lo normal salvo que este monasterio está a las afueras de pueblo de Panillo, en la Ribagorza oscense, a los pies de los gigantes pirenaicos, ahora nevados, de Peña Montañesa, Cotiella y Turbón.

A sólo 10 kilómetros, por Graus siguen subiendo las oleadas de turistas y esquiadores en su particular peregrinación al valle de Benasque.