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La aguja de las Gaviotas derribada por el temporal

Aguja de las Gaviotas, antes y después

 

La noticia,

que la dio a conocer cuando ya no existía

 

La Aguja de las Gaviotas, nuestro modesto Totem Pole de la costa cantábrica, ha desaparecido con el último temporal de norte, el pasado 28 de febrero.

La prensa y los informativos de televisión han dado la noticia a nivel nacional cuando ese dedo de caliza sólo era conocido por los locales. Con sus más de treinta metros de altura señalando desafiante el cielo, llevaba siglos, quizá milenios, haciéndonos la peineta.

Por eso quienes lo conocíamos, cuando no teníamos nada mejor que hacer (y es difícil tenerlo) acudíamos a los acantilados de la Costa Quebrada de Cantabria, entre Soto de la Marina y Liencres, para fotografiar, o simplemente mirar, la fuerza del mar rompiendo contra los Urros, los islotes rocosos alineados frente a la costa. La Aguja de la Gaviota era uno de ellos.

Pero, si además pertenecíamos a ese grupo friki de los “conquistadores de lo inútil”, rápidamente nos imaginábamos de pie en lo alto de la afilada roca, como Rebuffat en la portada de su famoso libro del Mont Blanc, recordando cuando la escalamos o soñando aún con hacerlo. Y seguíamos con la mirada la limpia fisura que recorría la aguja en toda su altura convirtiendo su ascensión en la más estética escalada de costa de todo el norte de España; sin pensar entonces que esa grieta que nos permitía izarnos sobre nuestros sueños era también la gran herida que causaría su muerte como ha sucedido hace unos días.

 

La aguja

y su escalada ya imposible

 

A diferencia de otros urros que sobresalen de las aguas un centenar de metros mar adentro (como la Puerta del Mar) o que están unidos a la costa sólo en la bajamar (como los de la Arnía), la base de la Aguja de las Gaviotas era siempre accesible salvo con fuerte temporal. Por eso hacía ya tiempo que su desafiante silueta se había convertido en terreno de juego para los escaladores cántabros.

La ascensión seguía la característica fisura de su cara sur y, pese a su escasa altura, solía dividirse en dos “cortos largos”: el primero (IV+) nos izaba con facilidad hasta una cómoda repisa en mitad de la pared. El segundo pedía un poco más de esfuerzo (6a+) para alcanzar el bloque cimero. En primavera era fácil compartir la última reunión con un nido con dos o tres huevos moteados de gaviota o, si había suerte, con los polluelos. Un solo rápel nos depositaba de nuevo entre los bloques de la base sin percatarnos que eran los escombros que habían permitido la formación de la aguja que acabábamos de escalar y que, a la larga, en escombros también ésta se convertiría.

Desconozco quién fue el primero en hacer esta pequeña escalada… y también quién ha sido el último. Nunca fue una gran hazaña escalar la Aguja de las Gaviotas, pero quienes lo hicimos ahora lo recordaremos como si lo hubiera sido, porque pertenecemos a un grupo de elegidos al que seguro que no se sumará nadie más.

 

El Geoparque

y el tiempo en los procesos geológicos

 

La Costa Quebrada es Punto de Interés Geológico porque explica por sí misma y como un libro abierto el proceso de formación de la actual línea costera.

Cuando admiramos esos acantilados resistiendo inamovibles los envites del mar, damos por sentado que siempre ha sido así. Cuando asistimos, como en la caída de la Aguja de las Gaviotas, a un episodio destructivo puntual creemos que es excepcional. Ni lo uno ni lo otro es cierto: Los paisajes que tanto admiramos, en definitiva sus rasgos geológicos, no están ahí desde siempre y para siempre. Así que los urros de Costa Quebrada tampoco.

Hace más de cien millones de años se fueron depositando en el fondo marino de la zona sucesivos sedimentos de diversa índole, unos más duros que dieron origen a las calizas y otros más blandos de los que resultaron las margas. Después –y esto supone entre 50 y 75 millones de años- durante la orogenia alpina las placas peninsular y europea chocaron en esta zona plegando y levantando esos sedimentos. Este choque, o mejor estas lentísimas presiones, hubieran resultado imperceptible para cualquiera… si alguien hubiera estado allí, pero dieron como resultado la cordillera Cantábrica y los Pirineos. En la línea de costa actual los estratos se habían levantado casi hasta la vertical.

Luego –y son más millones de años- la acción del mar en sus corrientes, mareas, oleaje y también los agentes atmosféricos viento, lluvia, cambios de temperatura… fueron desgastando de forma desigual esa barrera costera hasta llegar a lo que hoy vemos: bajo los acantilados que van retrocediendo queda una plataforma litoral donde las margas blandas se han erosionado fuertemente y entre ellas quedan los dientes de sierra de las calizas duras formando todas unas curiosas alineaciones paralelas a la costa. Los dientes más resistentes y más altos son los urros.

Y el proceso continúa aunque no lo veamos desde la perspectiva de nuestro brevísimo tiempo biológico. Salvo que excepcionalmente asistamos a un colapso puntual como el que nos ocupa. Ha sido una suerte verlo; no nos lamentemos, era inevitable.

 

Epílogo,

aunque esto no acaba

 

Nunca más escalaremos en la aguja de las Gaviotas, como tampoco escalaremos la DirectÍsima Americana en el Dru desde que se vino abajo todo el pilar Bonatti en 2005 (bueno, y aunque no hubiera sido así tampoco, porque está muy, muy por encima de nuestras capacidades). Tampoco el Totem Pole de Tasmania, que cualquier día de los próximos milenios se vendrá abajo. Pero no importa, otras modestas agujas se irán formando al lado de casa… en algunos millones de años.

Mientras tanto, paseando o escalando en Costa Quebrada, seguiremos admirando como el mar hace su trabajo con el telón de fondo de los Picos de Europa donde los fósiles marinos incrustados en su durísima caliza yacen ahora ocultos bajo la nieve. Convencidos de que todo pasa, inexorablemente, porque “nadie se baña dos veces en el mismo río” (Heráclito, 535-484 a.C.).